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16 de octubre de 2011

LOS PARIAS-POEMA DE SALVADOR DIAZ MIRON.

LOS PARIAS.
ALLA EN UN CLARO CERCA DEL MONTE,
BAJO UNA HIGUERA COMO UN DOSEL,
HUBO UNA CHOZA DONDE HABITABA
UNA FAMILIA QUE YA NO ES.
EL PADRE, MUERTO; LA MADRE, MUERTA;
LOS CUATRO NIÑOS MUERTOS TAMBIEN:
EL, DE FATIGA; ELLA, DE ANGUSTIA;
ELLOS DE FRIO, DE HAMBRE Y DE SED.

¡OH, DIOS! LAS GENTES SENCILLAS RINDEN
CULTO A TU NOMBRE Y A TU PODER:
A TI DEMANDAN FAVOR LOS POBRES,
A TI LOS TRISTES PIDEN MERCED;
MAS COMO EL RUEGO RESULTA INUTIL
PIENSO QUE UN DIA -PRONTO TAL VEZ-
¡NO HABRA MISERIAS QUE SE ARRODILLEN,
NO HABRA DOLORES QUE TENGAN FE!

EL PROLETARIO LEVANTA EL MURO,
PRACTICA EL TUNEL, MUEVE EL TALLER,
CULTIVA EL CAMPO, CALIENTA EL HORNO,
PAGA EL TRIBUTO, CARGA EL BROQUEL;
Y EN LA BATALLA SANGRIENTA Y GRANDE,
BLANDIENDO EL HIERRO POR PATRIA O REY,
ENSEÑA AL PROCER CON NOBEL ORGULLO
COMO SE CUMPLE CON EL DEBER.

MAS, AY ¿QUE LOGRA CON SU HEROISMO?
¿CUAL ES EL PREMIO, CUAL SU LAUREL?
EL DESDICHADO RECOGE ORTIGAS
Y APURA EL CALIZ HASTA LA HEZ.
¡LEPROSO, MUSTIO, DEFORME, AIRADO,
SOPORTA APENAS LA DURA LEY
Y CUANDO PASA SIN VER AL CIELO
LA TIERRA TIEMBLA BAJO SUS PIES!

                               SALVADOR DIAZ MIRON -1886-

21 de agosto de 2011

EDUCACION Y MERCADO. AHORA CON EL INICIO DE CLASES CHEQUEN ESTE TEXTO.


EDUCACION Y MERCADO.

Uno de los mayores daños causados por la mentalidad de la economía de mercado se registras en la educación: entrenamiento sin conocimientos, competencia, individualismo y predominio de tecnologías sobre artes. La escuela como fábrica de consumidores y productores. La educación al servicio  de un proyecto económico. Error, la educación es y será siempre un ejercicio de humanidad independiente.

¿Qué queremos de la educación? ¿Queremos un mundo como el de hoy, generador de daño ambiental y pobreza? ¿Un mundo de avaricia, corrupción, deshonestidad, de mutua negación y violencia?

No, nadie quiere eso. Por ello, la educación básica debe recuperar las preocupaciones humanistas que son intrínsecas a todo proceso formativo. Educar significa formar: que el individuo se transforme en humano.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo será el futuro, no deberíamos intentar educar a  los niños de acuerdo con nuestra idea de futuro, sino para que desarrollen la mejor de su humanidad y sean valiosos en su presente. Si los niños aprenden a colaborar en vez de competir, por ejemplo, seguramente se desempañarán con éxito en cualquier escenario que les depare el futuro. Si no se les miente ni se les utiliza, seguramente serán honestos. Si desarrollan la capacidad de respetarse y respetar al otro, serán responsables de su conducta y tendrán una conciencia social.

Los niños han de vivir su presente y sentirse valiosos en él por lo que son, y no ser instrumentalizados para un proyecto, en el fondo político. En las edades de la educación básica (4 a 16 años), la competencia puede ser un factor negativo para su desarrollo, Porque el competir produce miedo y frustración  y estas dos emociones inhiben la inteligencia.

La única emoción capaz de ampliar la inteligencia es el amor. Porque en lo que se refiere a la formación humana, no hay modernización posible. Es un fenómeno tan básico que no puede modernizarse, pues tiene que ver con nuestra constitución como seres humanos: nacemos siempre los mismos, ignorantes de todo avance cultural. Más bien, hay que actualizarnos en las neurociencias, para comprender como el pensamiento y las emociones están imbricadas en el cerebro: es mejor la alegría de aprender, que la de ganarle al compañero; que los alumnos disfruten su educación; que puedan expresarse bien y sin angustia por la calificación. Que entiendan lo que leen, no importa cuánto tiempo les lleve hacerlo.

Si la mayoría de los problemas de México tienen que ver con un mal sistema educativo, también ahí podemos inventar las soluciones.

                                                                                        Andrea Bárcena

                                                                                        -La Jornada-       


16 de agosto de 2011

SOBRE LA POESIA Y EL POETA-JAIME SABINES.

SOBRE LA POESIA Y EL POETA.

El ejercicio de la poesia es un oficio. El poeta es un aspirante a santo desnudo, es un tartante de la heroicidad, es un hombre vendido gratuitamente. El poeta se sirve del hombre, como el amante se sirve de la mujer, para decir las palabras definitivas. (Las palabras definitivas son las que usa la gente todos los dias) el Dios o la muerte, o los dos al mismo tiempo para las almas felices.
Todos los poemas de un poeta no son mas que fragmentos de una carta siempre inconclusa, escrita a un amigo desconocido. El poema es asi, el testimonio de las horas del hombre sobre la tierra. Canto o lamento, queja o protesta, grito o balbuceo, el poema debe ir siempre oscuro de hombre Gloriosamente.
El poeta es el testigo del hombre. Por eso el poeta debe ser, antes que nada, hombre comun y corriente, oficiante de todos los oficios, actor de todos los dramas, las tragedias y las comedias del mundo. El poeta es el payaso sufriente, la victima de nada, el sobreviviente de la poesia.
La poesia cae sobre todos los hombres, en un momento dado o para todo el tiempo, como una ala de estaño que les abre los ojos y el corazon para la luz del dia. La poesia es el don de la comunion, el momento de la entrega a la gravitacion terrestre.
Pero no hay que tomar muy en serio a la poesia. La poesia ocurre de todos modos como un accidente, un atropello, un enamoramiento, un crimen; ocurre diariamente, a solas, en la soledad purisima, cuando el corazon del hombre se pone a pensar en la vida.

10 de agosto de 2011

LA HORA Y EL SITIO.

LA HORA Y EL SITIO.

las palabras, esas distancias de algo,
esta mirada que vamos entregando y que sin embargo no ha estado con nosotros,
esta subita prisa, esta forma de ojos,
palabras, manos que quieren sujetar un tiempo que es un rostro
o el sonido de otra palabra,

ya no se nada,
no estoy con ustedes si acaso me leen,
por la ventana entra el sol, entra la noche como una mujer sin alas,
entro yo, entra mi voz y aun no estoy con ustedes,
las palabras levantandose, hacinandose,
en el rostro del anochecer hay rasgos de piedra que el viento abrillanta y apaga,
entreabre tu perdicion y mira bien adentro,
otra palabra alli vuelve del humo,

las palabras como sospechas de carne, como viento de carne,
palabras dichas por piedad, palabras que no pudimos decir,
palabras que no debieron decirse
o que dijimos demasiado tarde,
el mundo cabe en una palabra porque el mundo no es una palabra,
ninguna mirada esta consigo misma,
ninguna palabra volvera sobre si misma,
palabras, palabras, palabras,
yo las reuno al azar, las disperso,
las tengo un rato en las manos como objetos tortuosos o puros,
las miro mas cerca, ya no las veo
o veo a traves de ellas y entoces ya no hay palabras...
                                                                    Jose Carlos Becerra
QUE POBRES ESTAMOS TODOS.
Que pobres estamos todos,
sin un pan para comer,
porque nuestro pan lo gasta
el patron en su placer.

Mientras el tiene vestidos
y palacios y dinero,
nosotros vamos desnudos
y vivimos en chiqueros.

Nosotros sembramos todo
y todo lo cosechamos,
pero toda la cosecha
es para bien de los amos.

Nosotros sufrimos todo:
la explotacion y la guerra,
y asi nos llaman ladrones
porque pedimos la tierra.

3 de agosto de 2011

TEXTO SOBRE LA RELECTURA.

RELECTURA

La relectura implica una dosis, pequeña o grande, de nostalgia. Los escritores y los lectores avezados sugieren  que al releer un libro, un ensayo o un poema, el mensaje cala distinto. Entra por otras partes y toca sitios desconocidos. Tienen razón: el texto es el mismo, pero quien lee ha cambiado, quien lee bajo la luz (o la obscuridad) de otro tiempo, escruta diferente.

El paso de los años modifica a la persona. La mirada y el sitio de lectura son otros, son distintos. A través de los resquicios del tiempo la nostalgia se filtra y transforma la experiencia de la lectura. No la hace más viva ni mejor. La integra a la vida. Testigos mudos de las diferencias entre lectura y relectura son los libros subrayados o que llevan notas al margen. Las palabras y las ideas no se modifican; cambia el acento de la mirada, los tonos de los lápices y la profundidad de la nostalgia.

La relectura abre espacios desconocidos. Lo que en un tiempo fue importante deja de serlo; lo que ahora llama la atención antes pasó inadvertido. Coger un viejo libro, con otras manos, con otros ojos y desde otro sitio ofrece vivencias diferentes. Hay quienes piensan que la relectura es una suerte de diván, o una casa vieja que se habitó durante muchos años en la cual había rincones propios, privados, ajenos al ruido de la existencia. En el diván se repasan fragmentos de la vida y en las moradas de otros tiempos se atesoran secretos íntimos. Lo mismo sucede con la relectura. Nuevos polvos llegan a las páginas viejas y los lápices desvelan nichos desconocidos.

Las notas desperdigadas en las hojas de los libros o en las líneas subrayadas dan cuenta de lo que uno fue, de lo que uno veía, de lo que hacía falta y de lo que parecía superfluo. Las notas y las líneas subrayadas son como los viejos pasaportes: dan cuenta del pasado.

El gusto y la necesidad de releer caminan de la mano de la necesidad de recordar. La relectura toca algunas puertas del pasado y muestra muchos rincones olvidados. En ocasiones se relee por obligación, otras veces por nostalgia o por entender algunos vericuetos del presente.

Muchos piensan que la relectura y la nostalgia caminan por calles similares. Yo me adhiero a esa idea. Algunos acuden a lo viejo para menguar la tristeza; otros buscan paliar sus dolores al tocar lo se fue o al sacar del estante los libros de otra época. Ni la relectura ni la nostalgia acatan reglas. Aunque con frecuencia dialogan entre sí, cada una tiene su propia vida. Hojear un libro y tocar sus páginas suele ser antesala de la melancolía. Lo inverso también sucede: la nostalgia abre libros cuando requiere hurgar en el pasado para mitigar los sinsabores del presente o para buscar en las páginas leídas alguna respuesta olvidada, alguna voz otrora querida. Poco importan las razones de la relectura. Importa lo que se mira. Quedan las páginas viejas vestidas de nostalgia, quedan los renglones tocados por otros tiempos, por otras realidades. Los libros viejos son compañeros, son testigos. Contagian el cariño de lo perdido.

Se regresa a los cuadernos o a los libros deshojados cuando la melancolía irrumpe en el presente. Releer no cura. En ocasiones atenúa algunas tristezas  y en ocasiones recuerda viejas heridas. Haga lo que haga, la relectura imprime nuevos significados a las vidas de las personas. La enfermedad y la relectura tienen algunas similitudes. Quien sana encuentra que la vida es distinta, quizás mejor, quizás más rica. Quien relee y comprende que el mundo tiene muchas aristas, cambia, se modifica. Releer no desdibuja la crudeza de la vida ni borra los tragos amargos del presente pero sí reconforta y acompaña. Lo mismo sucede con quien cura. Los dolores que se fueron, aunque se almacenen en algún lugar del alma, permiten vivir mejor.

El contacto –o el deseo- con el papel; el ambiente –o el calor- de las bibliotecas; la manía –o la profesión- de anotar o subrayar; el cariño –o la devoción- por acomodar los libros en los libreros; la obsesión –o la necesidad- por ordenarlos de acuerdo al tema o al abecedario, el vicio –o la pasión- de recordar alguna idea sobresaliente y escribirla en un cuaderno, en una servilleta, en una bolsa de papel o en un boleto de teatro; el amor –el amor, no hay otra palabra- por los lápices y sacapuntas, y el respeto hacia las gomas de borrar, forman parte del vicio de la relectura. Releer y regresar al cobijo que ofrecen los libros no cura pero sí mengua las inclemencias de la vida. El primero es inmenso: la relectura acompaña, abraza, mitiga.

La era de los celulares y de los libros en computadora amenaza muchos espacios. Uno es el de la relectura. Volver a los libros es algo más que leerlos de nuevo. Es tocarlos. Es utilizar algún pegamento para engomar la pasta a punto de desprenderse. Es abrirlos con cuidado para evitar que todos los recortes que pernoctan entre sus páginas se pierdan. La relectura se convierte en compañero inmejorable al releer los programas de algún concierto, al abrir una noticia del periódico, al recordar la librería donde se adquirió el libro o el pasillo de algún cine donde se hojeó. Los libros de papel son partes de la persona. Son ejes fundamentales del tiempo y testigos de la vida.

Los libros guardan entre sus pastas muchas historias. Una es la que cuenta el autor y otra es la que escribe el lector. La relectura no sólo es un rencuentro con el autor y con uno mismo. Es algo más. Es el tejido que borda el lector sobre el telar del autor. Es un ropaje nuevo que forma parte de la historia del lector. El libro siempre será el mismo. El lector siempre será diferente. Quien relee después de muchos años el mismo libro es el encargado de escribir algunas de las historias que no alcanzaron espacio entre las pastas de los libros y que el autor dejó de trazar.

La nostalgia y la relectura son compañeras. Ambas se retroalimentan. Ambas, al regresar al tiempo viejo, permiten conjugar la vida por medio de otros verbos, por medio de otras palabras. Algunas nuevas, algunas viejas, muchas inexistentes.

                                                                                               ARNOLDO KRAUS.

31 de julio de 2011

LATITUD

TAN PRONTO, DE GOLPE, SIN APENAS
VESTIGIOS DE SU SANGRE ENTRE MIS YEMAS,
LAS COSAS VAN PERDIENDO SU SENTIDO.
MUDAN DE PIEL Y ESPINAS LAS PALABRAS,
IGUAL QUE LOS RECUERDOS DE LOS PARQUES
HAN DEJADO DE SER LO QUE ANTES FUERON
RAZON, MITO Y VERDAD. CRECIO EL VERANO
PLUVIAL SOBRE LOS ARBOLES, LA MUSICA
VUELA CON ELLOS A OTRA TIERRA. INTENTO
ESCUCHARLOS PARTIR, PERO YA ES TARDE
TAMBIEN PARA LOS PAJAROS Y EL TRUENO
QUE DIO A LA HABITACION SU GEOMETRIA
EVAPORO SU RASTRO. NADA QUEDA
DEL RELAMPAGO HERIDO. NI UN EFIMERO
DESPOJO DE MI SOMBRA ESTA EN EL AIRE.
                                                       JORGE VALDES DIAZ-VELEZ

HERENCIA

Hace cuatro años, sería por octubre o noviembre, salí otra vez de la cárcel después de cumplir una condena de dos, dizque por robo, señor. yo era inocente. Se lo juro, señor, por Santa María de Guadalupe, que no me dejará mentir.
También mi padre fue convicto -un par de veces, no más. Y cuentan que mi abuelo también -tres o cuatro, parece-, pero eso son decires, yo ni lo conocí. Igual ambos, dizque por robo los dos. Mi padre siempre dijo que él era inocente- y besaba los dedos puestos en cruz.  Y en la familia se sabe que mi abuelo lo juraba por Nuestra Señora de la Concepción- porque también era devoto mi abuelo.
Son las cuatro treinta de la mañana y acaba de levantarme el teléfono. Es mi hijo, desde la delegación. Me dijo que lo detuvieron, acusado de robo, pero que no nos preocupemos, que lo van a soltar pronto porque es inocente. Ya veremos mañana quién nos puede ayudar. A esta hora no pienso ir por él: sé que miente el muy tal por cual.
                                                                             FELIPE GARRIDO.